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Cuando la guerra ataca al patrimonio cultural de Irán

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La guerra está cobrando un precio considerable en los tesoros culturales de Irán, como el Palacio Golestán (patrimonio mundial de la UNESCO), que alberga valiosas piezas de mármol como el sarcófago de un sah de la dinastía Qayar. Entre el 28 de febrero y el 8 de abril, 131 sitios y museos resultaron dañados o destruidos durante la guerra que libran Estados Unidos e Israel contra Irán. En un momento de incertidumbre, después de que fracasaran las negociaciones de paz durante la tregua condicional de dos semanas, es oportuno hacer balance del estado del patrimonio cultural iraní.

Con su vasto territorio y posición estratégica en Asia Occidental, Irán ha sido durante mucho tiempo uno de los centros principales de actividad humana y de desarrollo cultural. Como uno de los centros de civilización más antiguos del mundo, ha conservado un paisaje arqueológico e histórico excepcionalmente rico, moldeado a lo largo de milenios. Este patrimonio refleja una larga secuencia de tradiciones culturales: desde la época prehistórica y los reinos elamita y medo hasta los imperios aqueménida, parto y sasánida, pasando por los períodos islámicos.

Esta continuidad es visible en sitios arqueológicos, ciudades históricas, monumentos y colecciones de museos. Se estima que Irán contiene cientos de miles de yacimientos arqueológicos, aunque solo una pequeña proporción ha sido inscrita formalmente en la lista nacional de patrimonio desde que comenzaron las políticas de protección estatal a principios del siglo XX. La importancia internacional de este patrimonio queda subrayada por la inscripción de 29 propiedades iraníes en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, 27 de ellas de carácter cultural. Recientemente, la agencia cultural de la ONU expresó su preocupación por la protección de los tesoros nacionales y sitios de “significado cultural” de Irán, como el Palacio Golestán de la era Qayar, tras los ataques aéreos. El Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS) condenó toda destrucción —intencional o incidental— del patrimonio cultural y natural, deplorando las graves implicaciones para la continuidad cultural y el riesgo de pérdida irreversible.

¿Qué se ha perdido?

Un inventario oficial emergente, elaborado por el Ministerio de Patrimonio Cultural, Turismo y Artesanía de Irán, muestra que se han dañado más de 131 yacimientos arqueológicos, museos y monumentos históricos en 17 provincias y 26 ciudades. La concentración más alta de daños se registra en Teherán, donde 61 sitios se vieron afectados. No obstante, estas cifras se basan en evaluaciones a nivel urbano y no incluyen yacimientos arqueológicos situados fuera de las zonas urbanas; además, los cascos históricos se contabilizan por separado. El inventario recogido hasta el 29 de marzo revela un impacto grave y muy desigual en el patrimonio iraní, con destrucción concentrada en algunas de las ciudades más importantes y ricas en monumentos del país.

Lo que surge del inventario no es un patrón disperso de incidentes aislados, sino una “geografía del daño” concentrada, que recae con mayor fuerza en provincias que albergan algunos de los bienes culturales más ricos de Irán, sobre todo Teherán e Isfahán. Estos lugares no son marginales en el mapa histórico de Irán; constituyen algunos de los principales depósitos de memoria arquitectónica, colecciones de museos, complejos reales de los siglos XV al XIX, monumentos religiosos y patrimonio cívico.

Entre los monumentos más dañados de Teherán figuran el Palacio Golestán, la ciudadela histórica, el Gran Bazar, el Palacio de Mármol, el histórico edificio Shahrbani, el antiguo Senado, la mezquita Sepahsalar y el Museo del Palacio Farahabad. En la provincia de Isfahán, se ha informado de daños en el complejo de la plaza Naqsh‑e Jahan, el Palacio Chehel Sotún, la mezquita de los Viernes Abbasi, entre otros. La distribución provincial es uno de los aspectos más reveladores del inventario: Teherán por sí sola suma 61 sitios (46,6 % del total) e Isfahán 23 sitios (17,6 %). Juntas, estas dos provincias reúnen 84 entradas dañadas, equivalentes al 64,1 % del inventario. Si se añaden Juzestán y Kurdistán, las cuatro provincias principales representan 108 sitios, o el 82,4 % de todas las entradas.

¿Un ataque deliberado?

El perfil tipológico del patrimonio dañado es igualmente revelador. El grupo más numeroso consiste en casas y mansiones históricas, con 33 entradas. Le siguen edificios cívicos e institucionales (16) y famosas mezquitas históricas (12). El inventario también identifica fuertes, molinos y baños históricos. Además, registra 10 palacios o complejos reales de los siglos XV al XIX, lo que indica que el daño se adentra en formas arquitectónicas asociadas a los distritos antiguos de las ciudades afectadas por la guerra. El documento indica que 50 unidades museísticas se refieren a componentes museísticos integrados en complejos más grandes, palacios y sitios de patrimonio de varias partes.

La pérdida cultural es, por lo tanto, tanto arquitectónica como institucional: afecta no solo a estructuras sino también a los marcos curatoriales e interpretativos que albergan. Según la revista Science, las instituciones culturales están tomando medidas para proteger el patrimonio móvil, almacenando las piezas en cajas para su custodia y colocando el logotipo del escudo azul —que indica patrimonio protegido— en más de 100 monumentos.

El daño no se limita a edificios y museos; también ha afectado a archivos de manuscritos antiguos conservados en colecciones y lugares de culto como mezquitas, iglesias y sinagogas. El bombardeo de la oficina de Patrimonio Cultural en la ciudad de Jorramabad hace aún más evidente la naturaleza deliberada de esta destrucción. Estos actos intencionados no se reducen al patrimonio cultural; también se extienden a infraestructuras esenciales como el puente inacabado de Karaj, el Instituto Pasteur y universidades como Shahid Beheshti, Sharif y Elm‑o Sanat.

Lo peligroso, como vemos, es un retrato de pérdida cultural a múltiples escalas: desde estructuras individuales hasta entornos patrimoniales complejos. El rango cronológico de los sitios dañados es llamativo: abarca desde Kuh‑e Khawaja en Sistán —uno de los sitios arqueológicos más importantes del sureste de Irán— con restos que se remontan a los períodos parto, sasánida y los primeros siglos islámicos, hasta Siraf en Bushehr —famosa ciudad portuaria de la antigüedad tardía y del inicio de la edad media— pasando por la tumba de Baba Taher en Hamadán, célebre poeta persa del siglo XI. La destrucción no se ha limitado a monumentos históricos, sino que también ha alcanzado edificios modernos de la administración del patrimonio cultural iraní.

El derecho a la reparación

La destrucción del patrimonio cultural iraní, memoria histórica y legado de una de las civilizaciones más duraderas del mundo y parte irremplazable del patrimonio de la humanidad, no fue incidental sino sistemática y debe condenarse con la mayor firmeza. Representa un ataque no solo contra monumentos, museos y sitios arqueológicos, sino también contra el legado cultural, la conciencia histórica y la memoria colectiva de la humanidad.

En virtud del derecho internacional, la normativa sobre reparaciones por daños de guerra establece que el Estado responsable de un acto ilícito internacional debe reparar plenamente todo daño, ya sea material o moral. Esta destrucción nunca debe repetirse. Se requieren medidas urgentes e inmediatas para garantizar la protección, documentación, estabilización y restauración del patrimonio dañado de Irán. Estos esfuerzos deben emprenderse sin demora y contar con el apoyo a nivel internacional a través de la acción coordinada de instituciones culturales, organismos profesionales y organizaciones globales relevantes.

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